6 de febrero de 2016

Pesadilla

El cansancio era imposible de soportar, con los párpados cerrados y palmeando el entorno logró llegar hasta su lecho de plumas donde cayó inmediatamente en un sueño intranquilo y pesado. 




Soñé con el fin del mundo, soñé que estaba en un campo verde, como un estadio en medio de muchos edificios, el complejo parecía un colegio. En cierto momento me doy cuenta que corro con un temor inexplicable, pues no veo causa alguna a mi alrededor, y me parezco un falto de cordura pues observo a muchas personas arrodilladas dando la espalda al sol y tocando con su frente el suelo, es de mañana y aunque su comportamiento es extraño me digo que ha de ser el adecuado pues pocas veces se ve tanto convenio y paciencia en un grupo. Entonces observo el cielo para intentar detectar aquello a lo que la gente da la espalda, aceptando el destino con reverencia pero jamás con valentía, tal vez para no verlo y entrar en pánico como lo estaba yo hace unos minutos. Sobre nuestras cabezas empiezan a caer objetos perfectamente esféricos, como lluvia, pero estas esferas tienen todas mas o menos dos metros de diámetro, caen de todas la direcciones y en un parpadeo ya están clavadas en el suelo, abriendo un cráter y quedándose allí indiferentes. Mientras observo paralizado aquel espectáculo fuera de lo común no escucho ni un sólo crujir de huesos que se rompen, un grito de dolor o un suspiro de alivio, solo escucho el golpe seco de la lluvia y el temblor del suelo al recibir cada impacto. Cuando la tormenta se calma salgo corriendo hacia los edificios para tratar de aclarar mi mente, esquivando esferas gigantes en mi camino que casi rodean a los seres que parecen meditando, todos siguen absortos su rito sobrenatural, no reconozco a ninguno de aquellos rostros, el grupo es de la mas impresionante variedad, tal vez cuidando que no se les pase de largo alguna característica peculiar: indios, asiáticos, nórdicos, negros, blancos, mestizos, enanos y gigantes, feos y bonitos, agradables y asquerosos; todos arrodillados adorando a alguien o algo, angelical o demoníaco.

Cuando llego al primer edificio resulta ser que son unos baños y observo atónito detrás de la puerta a un niño de unos cinco años sentado en un retrete, con la mirada fija, no mirándome a mi pero a través mio, en sus rodillas el rostro de un hombre de más o menos cuarenta años descansa y llora amargamente alguna pena que apesadumbra su corazón, la escena no evoluciona sino que siento observar lo mismo por espacio de horas.

Me alejo de aquel lugar extraño, buscando el mundo al que mis ojos me tienen acostumbrado, camino por las calles, donde el tiempo parece ir más lento, los bullicios y escándalos de la ciudad han sido reemplazados por bóvedas mortuorias con fachada de casas en las cuales los seres se apilan a las ventanas para dejar que el alma se les escape por las pupilas.

Eventualmente llego a un pequeño afluente, en ambos bordes están cuidadosamente acomodados, casi equidistantes, recipientes cristalinos repletos de una llama dorada que escapa ligeramente por la abertura superior, me siento atraído hacia el fuego y cuidadosamente pongo una mano dentro, el calor se apodera de mi cuerpo y siento una fuerza sobrenatural hasta que mi mano queda convertida en cenizas y mi brazo derecho amputado a la altura del codo, continúo con la siguiente vasija terminando ese brazo y llegando al torso, y así consecutivamente con cada extremidad hasta que pierdo cualquier capacidad de locomoción, me encuentro tirado boca arriba, esperando, viviendo en alguno de esos planos intermedios que no podemos imaginar, una brisa me levanta delicadamente y me acuesta sobre las aguas, todas las cicatrices de las quemaduras se abren y la sangre brota rápidamente mientras la carne que está en contacto con el líquido se desvanece, y lentamente me voy hundiendo hasta que de nuevo desaparezco de aquella existencia, despierto y me dispongo a vivir un nuevo día.

Imagen extraída de: http://barometropolitico.com/wp-content/uploads/2015/04/cenizas2.jpg










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