9 de agosto de 2015

Feliz aniversario



Me sigue fascinando la ciencia con sus capacidades increíbles, con lo lejos que ha llegado nuestra especie gracias a ella, la comprensión de los fenómenos que nos rodean es cada vez mayor, y no paramos de avanzar, pero aunque sus intenciones sean buenas, el hombre en repetidas ocasiones durante la historia ha usado la ciencia para destruir.  


Hace 75 años se lanzaba en Japón la segunda bomba atómica por parte del gobierno estadounidense, el país asiático empezaba a considerar la posibilidad de una rendición.





Un avión sobrevolaba la región japonesa de Hiroshima, en su interior se encontraban militares estadounidenses y un “pequeño niño” saturado de uranio, pasadas las ocho de la mañana hora local el Enola Gay dejaba caer en dirección al puente Aioi una bomba experimental basada en el principio físico de la fisión nuclear.

Los cálculos habían sido correctos y la bomba explotó antes de tocar el suelo para que su efecto fuese aún mayor, la pólvora estalló e inició la reacción nuclear, alrededor del punto de detonación se empezó a expandir una gran luminiscencia que cegaba a los civiles de la ciudad, al mismo tiempo los que estaban lo suficientemente cerca se desintegraban debido a la intensidad del fenómeno, los que no corrían con esta suerte morían por quemaduras graves, y otros, imposible saber si fueron los más o los menos afortunados, no morían, pero sufrían quemaduras graves en todo su cuerpo, una bola de fuego impulsada por las mentes más brillantes del siglo hacía su trabajo perfectamente. 

Un instante de tiempo después de que la bola de fuego empezaba a expandirse, una onda de choque aparecía, empujaba el aire a la velocidad del sonido y destruía la infraestructura de madera y papel, ahora la maravilla de la ciencia estaba en todo su esplendor, miles de seres humanos, algunos reducidos a cenizas, otros sin facción alguna que los hiciera reconocibles se lanzaban al río a intentar calmar un poco su inimaginable sufrimiento, cuando cumplían su cometido morían en las aguas, y la corriente se los llevaba, lentamente y sin afán alguno, son barcos mensajeros de la capacidad destructiva del hombre, son la recompensa al esfuerzo estadounidense de terminar la guerra que de lo contrario tendría como resultado miles de bajas norteamericanas.

Y al pensar en ese río me viene a la mente aquel principio de la biología que suelen enseñar en los primeros años de bachillerato, el ciclo hidrológico, básicamente dice que la cantidad de agua en la tierra es siempre la misma, pero que se encuentra en flujo constante, cambia de posición y de estado físico, un día es el agua con la que te duchas y un año más tarde puede estar en un océano o congelada en algún glaciar, un día puede servir de solvente para los tejidos derretidos de las víctimas de un ataque nuclear y otro día puede ser el agua que bebes después de hacer ejercicio.

Los ciudadanos ruegan por ayuda, la cantidad de gritos de auxilio los hace imposibles de contar, los militares encargados del trabajo vuelven a su base, sabiendo que son héroes nacionales, sabiendo que fueron los encargados de una misión que cambiaría la historia, orgullosos y con ganas de ver a su familia que seguramente no estaba muriendo por envenenamiento radioactivo o sintiendo la piel de sus cuerpos desaparecer y dejar a la intemperie sus músculos y huesos.

Aún así el gobierno japonés no se rindió, tres días después el Bockscar con el “hombre gordo” en su interior y otros dos aviones iban rumbo a Kokura, a divulgar la ciencia en territorio asiático, pero no había suficiente visibilidad para cumplir su cometido, cambiaban su rumbo hacia Nagasaki.

Imagen extraída de: http://ww2history.com/blog/wp-content/uploads/2010/08/DSC_0190.jpg

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