19 de agosto de 2015

Un librero

A las cuatro de la mañana el primer rayo de sol golpeaba los vitrales de la iglesia de Santa Marta, me levantaba lentamente después de las dos horas de oración, le rezaba media hora a cada muerto.


A la entrada del santuario un pequeño grupo de personas tomaba tinto en el puesto de Don Jaime, un viejo sabio popular que un día simplemente dejó de envejecer, ahora dedica sus mañanas a vender café con almojábanas y sus noches a tomar aguardiente en la plaza principal.

Llegaba a las cinco y media a mi casa y desayunaba galletas saladas con un trozo de queso, hoy no me bebía la copa de ron, la botella debía durar todo el mes; a las seis y quince les quitaba las cobijas a los niños y las colgaba en el palo de mango del patio, mientras ellos se bañaban a totumadas yo les organizaba dos bolsitas de comida, le dejaba a cada uno dos monedas de quinientos y salía a trabajar.

En el camino al centro me entretenía contando las caras que se cruzaban conmigo, cuando mi cabeza estaba especialmente activa las clasificaba, unas veces por color, otras veces en felices y tristes, menos veces en bonitas y desagradables; a las nueve mi puesto comercial estaba totalmente organizado, habían dos ejemplares nuevos: un “Decamerón” con el lomo un poco raído y las páginas amarillentas, el otro era un ejemplar de “El conde de Montecristo” casi intacto. Ambos fueron rescatados del basurero cercano de la Universidad Nacional, ahí siempre habían productos. A unos diez metros Don Jaime acariciaba su botella de aguardiente,  esperando ansiosamente una hora pertinente para destaparla.

A las cuatro de la tarde llegué a la casa, los pequeños ya estaban allí, preparé dos truchas de río que estaba tomando mal olor, dos tazas de arroz y una jarra de limonada, comimos mientras nos invadía el sopor de la tarde, los niños se fueron a jugar pelota y yo me senté en la mecedora heredada de mi abuelo a llenar otra página de cuaderno, no escribía de más porque cuando me quedaba sin espacio tenía que borrarlo y empezar de nuevo.

Me dormí con “Los ojos de los enterrados” en mi pecho, pensando que sólo había vendido dos libros de colegio en todo el día, esos que uno cambia a los niños por chatarra y lo mantienen en el negocio, también pensaba que hoy habían tres muertos en el pueblo, a la media noche tendría que estar en la capilla.

A las nueve de la noche me desperté, entré a los niños que jugaban al tiro al blanco con un copetón y escribí en mi cuaderno:

“Tres muertos, 11pm, iglesia de Santa Marta”.


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