28 de agosto de 2015

Un librero (2)

Un librero (2)

El sacerdote Pedro García Rodríguez volvía a su iglesia después de la misa de aurora en la plaza de mercado,se preparó un café cargado y un chorizo frito que devoró con un pan, la misa en la plaza era una tortura, mientras el oficiaba la mayoría de las cocineras dejaban hirviendo sus ollas monumentales llenas de caldo, el olor era insoportable. 


Almorzó medio conejo en el restaurante de Bernarda Agudelo, nunca pagaba por la comida, saldaba las deudas prometiendo oraciones al santísimo o regalando intenciones eucarísticas. Ahorraba la mayoría de dinero para darse algún día, generalmente una vez al mes, el placer de pagarle a una doncella de algún pueblo circundante para, cómo el decía: "Ganarse el derecho a extirpar del cuerpo la decrepitud de la naturaleza humana".

Después de la misa de la tarde tendía la hamaca entre dos columnas de la casa cural y tomaba una larga siesta de unas cuatro horas, dormía allí para evitar el flujo de cualquier persona en el recinto y aumentar al máximo el silencio; más de la mitad de las veinticuatro horas del día las gastaba durmiendo o acrecentando aún más las ya numerosas páginas de sus memorias, superaban las mil cuartillas. 

A las once de la noche el sepulturero que trabajaba por esta semana (pues Don Jaime había caído enfermo a causa de la cirrosis) empezaba a abrir las fosas comunes en el potrero adyacente al templo, gastó dos horas en lograr abrir los tres agujeros donde serían colocados tres cadáveres resultantes de una riña política en el barrio central, el padre García supervisó el trabajo mientras comía un paquete de kilo de nueces brasileñas que le había recomendado el médico general de la diócesis para mejorar su estreñimiento.

Mientras el padre intentaba hacer sus necesidades le daba media hora de tiempo para tomar veinte cuartillas de las que estaban en el centro de las memorias y dejar el resto intacto, a veces escribía cursilerías y las vendía a cualquier joven consumido por el amor por el doble del precio que cobraba por los clásicos de toda la vida.

No sentía que avanzaba en sus memorias, su objetivo era llegar a las treinta mil páginas, una por cada día que quería vivir.

Imagen extraída de:http://www.sfwriter.com/corpus.jpg

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