13 de septiembre de 2015

Cadena

Mientras espero el transporte cada mañana, caigo en la terrible tentación de pensar en cómo transcurre la vida de las demás personas, hasta que de manera involuntaria me doy cuenta de que absolutamente todas las vidas desde la del más grande cetáceo hasta la de la bacteria infinitesimal se desarrollan de manera paralela a la mía, y me siento perdido ante aquella inmensidad, y la misma sensación me causa el observar esas fotos de la vía láctea tomadas con pericia científica, y mi orgullo sufre un gran golpe al entender que soy una de esas partículas indescifrables en el tejido de este espacio, pero también me maravilla que la hipótesis de los seis grados de separación diga que este tejido está tan maravillosamente realizado que todos los seres humanos estamos relacionados a través de una cadena de solo cinco personas, y me pregunto quienes serán los eslabones para llegar a conocer a mis héroes de la vida real, muchos científicos y algunos escritores, y me doy cuenta de que puede ser cualquiera, desde el conductor del bus al que me subo hasta la mujer que me empuja para que deje tanta precaución al abordar. 

Las dos calles del barrio El Rosario estaban llenas de vendedores, gitanos y transeúntes trajeados que esperaban el autobús. En el puesto de productos homeopáticos un pequeño niño le daba un billete a un vendedora monumental, ocupaba demasiado espacio respecto a su pequeña tienda  y a veces tiraba recipientes al suelo, ella le daba a cambio un tarro gigante lleno de un líquido amarillento, en la tapa sobre una pequeña cinta habían dos palabras en latín, la señora las ponía ahí para darle un toque científico a sus creaciones, aunque la mayoría eran mezclas de especias que entre peor sabor tuviesen más verídicas parecerían. 

El puesto de galletas en la esquina del parque era famoso entre los caninos vagabundos, el panadero era de origen francés y regalaba bizcochos rellenos de crema a cada animal desamparado que cruzaba su camino, contaba que su perro mordió a un militar en la pantorrilla, el pobre hombre perdió su única pierna una semana después, y el panadero cómo castigo tuvo que dejar atrás su pueblo, obviamente el perro tuvo que morir, no por alguna orden superior o reglamento, sino porque el militar al sentir las fauces del animal le propinó un golpe salvaje con la culata del rifle, el perro quedó un poco tonto y no volvió a comer, tal vez lo olvidó.  

Una joven esperaba el autobús impaciente, llevaba en sus hombros una mochila cargada de herramientas de dibujo y un recipiente repleto de sobras del almuerzo del día anterior, estaba rodeada de personas que la trataban de mover hacia atrás para ganar una mejor posición ante la inminente llegada del vehículo, una mujer ya entrada en años se quejaba de lo inapropiado de los empujones que le daba un señor en la espalda, la muchacha se esforzaba  para mantenerse cerca de la línea amarilla del suelo, el bus paró un par de metros detrás, tenía que esperar el siguiente,  si tenía suerte tardaría menos de un cuarto de hora en llegar, sacó una pequeña libreta para entretenerse mientras esperaba, pero no encontraba su pluma, se tuvo que regresar a casa por ella. 
  
En una carnicería se desollaban algunos animales muertos que ladronzuelos llevaban a cuestas al amanecer, el buen carnicero nunca preguntaba por el origen de los animales, tenía plena confianza en las personas que suplían su negocio de terneros, puercos y aves; siempre los compraba a la mitad de precio de lo que debía pagar al matadero municipal,  hoy le pagaba a los mismos picaros para que desollaran un asno que ya tenía algo de mal olor y le revolvía las tripas, había escuchado que la carne de equino mejoraba la salud visual y el desarrollo sexual, el siempre quería lo mejor para sus clientes.

Escribía con su nueva pluma en la cinta de un recipiente “aeternus homo” y lo ponía en la vitrina, al lado de un “fortis numen ”, reemplazando un “totus scientia” que un niño pequeño había comprado hace poco, no le importaban los significados de las frases, pero ya tenía una cuantas acuñadas que no fallaban con la clientela. Un perro luchaba con un trozo de carne pestilente, aunque le encantaban los animales tuvo que ahuyentarlo a golpes pues alejaba a los compradores, el perro se alejó observando el suelo y deleitándose con el poco sabor que habían dejado las tripas en su boca, seguía el olor del pan fresco que invadía se delicado olfato.

Imagen extraída de: http://scienceblogs.com/startswithabang/files/2012/07/Millenium-bare-590x442.jpg  

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