2 de octubre de 2015

Cerrar las ideas

 Tenemos que cerrar las ideas, por favor, ¡hay que comportarse!


Cuando me atrevo a escribir un texto suelo dejar párrafos aislados, compuestos por una oración, en el peor de los casos por tres, ¿Pero qué razón hay detrás de estas expresiones aisladas, al parecer totalmente fuera de contexto?

La principal razón es que mis escritos no buscan ser argumentativos, mucho menos imperativos o ensayos concienzudos de temas en concreto, al final de mis trabajos no hay una lista de fuentes en las cuales basé mi investigación y mucho menos agradecimientos a las personas que los leyeron antes de ser publicados. Las letras que mágicamente abandonan mi conciencia y caen en la suya tienen la altísima probabilidad de no hacerlo sabio, lo único especial que tienen estas palabras es la propiedad de tener un significado en sí mismas, de poder ser separadas las unas de las otras y aún así conservar un sentido, poder ser comprendidas e imaginadas de manera independiente, esa es la mayor cualidad del lenguaje, su increíble potencia nos parece insignificante y caminamos de su mano sin percatarnos de su presencia, abrumados. 

Así que después de tanta divagación puedo decir que estas frases solitarias se hacen con el único objetivo de experimentar. Y eso es lo que más me entretiene cuando empiezo a escribir, aunque la lucha constante de muchos grandes escritores sea el lograr la objetividad en sus libros, describiéndolos de la mejor manera posible,  para que la comunicación se haga sin ruidos ni interferencias; mi diversión, tal vez la del escritor mediocre, es hacer que esos breves párrafos contengan pensamientos propios del lector, que sus neuronas hagan las sinapsis necesarias para generar una sensación, porque el que lee, perezoso,  a veces se siente muy cómodo absorbiendo palabras del escrito y esa no es mi intención; no, aún no. 

Primero hay que realizar un proceso de asepsia, con todos los instrumentos que vamos a usar: matraces, tubos de ensayos, morteros, alegorías, metáforas, cañones de electrones, onomatopeyas, prismas, mecheros y pinzas, ironías e hipérboles. Segundo, cuando tenemos nuestro laboratorio ordenado y limpio, empezamos a montar el experimento, tomamos las frases y las ponemos en la centrifugadora,  extraemos su plasma delicadamente y lo refrigeramos, si el resultado no lo satisface repita el procedimiento, no sea incompetente. Tercero, sí aún no está satisfecho intente con otro instrumento, existen millones, alguno tendrá que funcionar. Cuarto, sí logró su objetivo y las transformaciones que realizó dieron como resultado una frase equilibrada y bella según su concepto, proceda a estudiar cuidadosamente la semántica de la misma, si se encuentra aislado de la realidad por algún tiempo considerable (eso lo decide usted), felicitaciones, escríbala y anote las incidencias. 

Experimentar sin objetivo alguno, por conocer las posibilidades, explorar nuevos territorios. Esas frases que se sueltan en el aire simulando indiferencia para hacerlas perder su poder, para intrigar al escucha, para dominar sus pensamientos por unos breves segundos, para generar curiosidad o para observar un gesto de extrañeza.  

Y la pesadilla de oír aquellas palabras es que siempre son honestas. Escribir a todo el mundo y por cualquier razón, causar locura y anotar las incidencias. 

Imagen extraída de: http://www.tugboatgroup.com/sites/default/files/Times-newRoman-A.jpg

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